En un inicio no había nada. Ya ni me acuerdo cómo llegué aquí. Fue hace más de 100 años, muchos más. El tiempo se me ha ido pegando a las paredes y a los rincones. Los años pasan y sólo quedan las historias de quienes vienen y se van.

Por el altiplano potosino corre el viento y el silencio, pero quedan las historias, esas que cuentan los viejos como Socorro, María, Cayo, Cleotilde y tantos otros. Las historias de los que empezaron aquí, como Don Pantaleón, que me vio nacer. De los que se fueron cuando el tiempo se empezó a poner malo, de los que se quedaron a pesar de ello.

Don Pantaleón lo tuvo claro. Me dijo que esto duraría muchos años. Que por mis venas corría el sol, el viento. Que de mi sangre brotaría vida. Que de la vida que no se apaga en la tierra caliente saldría mezcal a borbotones.



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“Por el altiplano potosino corre el viento y el silencio, pero quedan las historias, esas que cuentan los viejos…”

Levantaron más muros, me pusieron mis primeros hornos, mi molino y un alambique de cobre que brillaba como el sol. Recuerdo los días de producción. Los mugidos de los bueyes mientras hacían girar la tahona, el olor impregnado en el aire del bagazo machacado en el calor.

Ahí llegaba el maguey que cuidaban mujeres y hombres en las tierras. Podía sentir su sudor y esfuerzo. Empezamos a hacer el mejor mezcal de la región y la gente de Ipiña lo sabía, por eso empezó a enamorarse. Ahí entendimos que lo nuestro era especial y juramos un pacto. Nos dijimos sin decir que seguiríamos haciendo esto hasta el fin de los tiempos.

Había que honrar a la tierra, a nuestro trabajo que sirve de rezo y al campo que es como un rosario de vida, aunque a veces la llevemos a cuestas.

Aquí vi pasar a Don Pantaleón y a Don Encarnación, después a Don Raúl y sus hijos. Los vi llegar e irse y dejarnos tanto. Pero aquí seguimos. Seguimos de pie, aguantando como aguantan los magueyes las sequías y las heladas, porque son salvajes y por eso resisten. El mundo es salvaje. Se defienden con espinas y se brindan con amor para quién sabe hablarles de la manera correcta. Don Luis sabía hablarles así, aunque lo tacharan de bilioso. Era de buen corazón, pero no era dejado. Así eran todos los hombres que sobrevivieron a la Revolución. Ya no había muertos, ya había menos bandidos, pero quedaba la rabia. Por fortuna, Don Luis supo hacer de la rabia, esfuerzo. Esfuerzo y trabajo era la paz que se nos ofrecía, la que nos quedaba.



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“Seguimos de pie, aguantando como aguantan los magueyes las sequías y las heladas”.

Don Luis pronto apaciguó la rabia, como las lluvias al calor. Era un hombre de ideas. Acá en Ipiña quien no hace por sobrevivir, se seca. Es un lugar especial, pero eso sí: pide todos los días entrarle, enfrentarse a todo para seguir viviendo.

Por allá de los años cincuenta, se trajo tecnología de fuera. Ahí fue cuando volvió a cambiar mi aspecto. Mis muros, mis molinos, fueron más modernos. El canto de las bestias cesó, comenzó el rugido de los motores y Don Luis vio en mi sangre la chance de hacer alquimia. Empezamos a hacer el mezcal distinto. Empezamos a hacerlo mejor.

Pero Don Luis sabía que no podía enterrarlo todo. Había que honrar el trabajo de los de antes, porque los espíritus son celosos y las brujas que viven entre las yucas y los mezquites, todo les cuentan al oído. De hecho, dice mi gente que cuando van al campo, a castrar magueyes o a la cosecha, cuando se hace el silencio se escucha el cuchicheo de las brujas y se siente un aire helado. Ahí, en estas tierras, se junta el cielo y la tierra y las brujas aprovechan para contarle todo a los espíritus, para que se enteren los muertos de lo que los vivos hacen con sus voluntades y, sobre todo, para vigilar el cumplimiento de los pactos que se hicieron en vida. Los juramentos duran esta vida y las que siguen. La gente de aquí lo sabe y yo les veo cumplirlo, yo les veo honrar su palabra.



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“Los juramentos duran esta vida y las que siguen”.

Don Luis se juró al tiempo y logró que el testimonio se me acumulara en el cuerpo, no me lo arrebató. Quien me visita ve en mí cómo los sueños han pasado entre cuartos, alambiques, hornos. Soy el sueño original de Don Pantaleón, Encarnación, Don Luis y los que vinieron después. Soy el pacto inquebrantable e infinito con Ipiña. Soy del campo y de sus brujas y espíritus. Este relicario de promesas, hechas desde el corazón, vive en un Júrame que se hizo mezcal para trascender las palabras. Quedan nuestras acciones y nada más.

Poco después, Don Luis murió. Muy poco pudo disfrutar de los frutos de su trabajo. Después de él, vinieron altas y bajas temporadas. Cerraron mis puertas por más de 30 años y me creció la hierba, pero el juramento nunca se cerró. Hubo veladores que cuidaban de mí, que no me fueran a hacer alguna daga, que siguiera existiendo. Fui por esos 30 años testigo y prueba de que el juramento no se iba a romper. Así hay pausas siempre en la vida.

A mediados de los noventa resurgió la esperanza. Llegaron nuevas personas y les vi en los ojos el mismo brillo de los anteriores. No tenían miedo. Tenían el brillo de la ilusión, de hacer, de crecer, de renovar el pacto. No vieron en mis muros el deterioro de los años, ni la yerba, ni el desuso. Para ellos, había en mi puro futuro. Se tardaron poco menos de dos años en echarme a andar y volvió a correr por mis venas el sol, el trabajo y el mezcal. Aunque la inactividad amenazó con atrofiarme, ahora la vida que brotaba de mis alambiques y hornos se sentía igual, con la misma o más fuerza. Seguía saliendo de mí el mejor mezcal de la región.

El pueblo ya no era el mismo. Con todo, siempre me cuidaron y nunca se atrevieron a invadirme o a dañarme. Muchos se fueron, pero también hubo quien se quedó y se vino a trabajar aquí, donde yo, para seguir el legado. Como le hicieron sus abuelos o sus padres. Así ellos se sentían conectados por algo más grande. A veces uno no elige y tiene la suerte de nacer con vocación. Ellos, como yo, nacieron para el mezcal.



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“No vieron en mis muros el deterioro de los años, ni la yerba, ni el desuso. Para ellos, había en mi puro futuro”.

Fueron 20 años de mucho trabajo hasta que, como todo en la vida, se vinieron tiempos difíciles y tuvieron que volver a ponerme en pausa. Pero apenas fue un suspiro. Se decía a lo lejos que había una crisis. Me preocupaba la gente, el ejido. Que se rindieran, que ya no quedara recuerdo del pacto. Yo buscaba decirles en el viento que siguieran creyendo en esta promesa. Que siempre valdría la pena honrar la palabra y cumplir el juramento.

Y por fortuna me hicieron caso. Porque así es la gente acá, recia y de palabra. Unos años después volvieron y con más ganas que antes. Estaban un poco más viejos, y yo con toda la edad encima. Pero la ilusión de los ojos no se les fue jamás. Todo volvió a fluir. Floreció el mezcal y esta vez fue mejor que siempre. Era como si todos los sueños de antes y los de ahora se hubieran pegado a mí, a los hornos, los alambiques y los molinos. Este mezcal sabía a todos los amores pasados, los anhelos, los sueños y el esfuerzo de todo el tiempo atrás. Como si las promesas que no se rompen pudieran añejar y guardarse para decirnos después que son mejores, que valen más y que por eso tenemos más compromiso de guardarlas.

Ese fue el tercer juramento: eternidad. Nos juramos al mezcal, nos juramos al tiempo y nos juramos eternidad. Haríamos esto por siempre. Porque nacimos para esto. Así está escrito y así lo hemos querido. Aquí pesa la palabra porque vale por sus acciones.



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“Todo volvió a fluir. Floreció el mezcal y esta vez fue mejor que siempre”.

Aquí acaba mi historia, pero no yo. De mí sigue saliendo mezcal. Te acabo de narrar más de un siglo de historia, se dice fácil pero a esta edad la realidad se confunde con la leyenda. La gente del altiplano potosino se ha encargado de seguir luchando por mí, porque siga brotando el mezcal de magueyes que se niegan a ceder ante las inclemencias del tiempo. La gente aquí lucha por mí porque de ello depende la vida misma, así ha sido siempre y hoy no es la excepción. Los pobladores confían en mí para  agarrarse bien fuerte del lugar que los vio nacer, para no irse con la tentación de otros lados, para que sus familias sigan preservando costumbres, tradiciones y fiestas en torno al milagro de esta tierra.

Aquí les dejo estas líneas para que a partir de este Júrame ustedes escriban sus propias historias. Aquí termino y quiero hacer un brindis. Pero a los ojos y acuérdense, aquí no decimos salud, decimos júrame.